21 de noviembre
Presentación de la Virgen María
Sábado, 33ª semana del Tiempo Ordinario — Año par
La Presentación de la Virgen María es una memoria que celebra el ofrecimiento de María en el Templo cuando era todavía una niña, un acontecimiento que no figura en los Evangelios canónicos, pero que aparece destacado en antiguos escritos apócrifos, especialmente en el Protoevangelio de Santiago. Según esta piadosa tradición, los padres de María, Joaquín y Ana, la presentaron en el Templo de Jerusalén para consagrarla totalmente a Dios, en cumplimiento de una promesa hecha antes de su nacimiento. Aunque el relato no es histórico según los criterios modernos, la Iglesia lo celebra desde hace siglos, subrayando la entrega total de María a Dios desde el principio de su vida. La fiesta se difundió especialmente en Oriente, donde se celebraba desde el siglo VI, y posteriormente llegó a Occidente.
Su espiritualidad nos invita a reconocer la disposición interior de María como ejemplo de escucha y obediencia a la voluntad de Dios. Al recordar la Presentación de María, la Iglesia contempla el misterio de una vida completamente dedicada a Dios, recordándonos que todo creyente está llamado a responder generosamente a la gracia. Esta celebración nos anima a meditar sobre la vocación y el lugar de María en la historia de la salvación, como la Mujer que, incluso antes de decir su “sí” en la Anunciación, ya se había entregado plenamente al Señor.
Por eso, la Iglesia mantiene esta memoria, no tanto por razones históricas, sino como una invitación a la consagración y a la plena disponibilidad ante el proyecto de Dios, siguiendo el ejemplo luminoso de la Virgen María.
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Preguntas sobre Presentación de la Virgen María (Novus Ordo Missae)
La jornada litúrgica
Lecturas de la Misa
LecturaAp 11, 4-12
Yo, Juan, oí una voz que decía:
« Los dos testigos encargados de profetizar,
son ellos los dos olivos, los dos candelabros,
que están de pie ante el Señor de la tierra.
Si alguien quiere hacerles daño,
un fuego sale de su boca y devora a sus enemigos;
sí, quien desee hacerles daño,
deberá morir de esa manera.
Estos dos testigos tienen el poder de cerrar el cielo,
para que no caiga lluvia
durante los días de su profecía.
También tienen el poder de convertir el agua en sangre
y de azotar la tierra con toda clase de plagas,
todas las veces que quieran.
Pero, cuando hayan terminado su testimonio,
la Bestia que sube del abismo les hará la guerra,
los vencerá y los matará.
Sus cadáveres quedan en la plaza de la gran ciudad,
que en sentido figurado se llama Sodoma y Egipto,
allí donde su Señor también fue crucificado.
De todos los pueblos, tribus, lenguas y naciones,
vendrán a ver sus cadáveres durante tres días y medio,
sin que se permita ponerlos en un sepulcro.
Los habitantes de la tierra se alegran,
están llenos de gozo, intercambian regalos;
estos dos profetas, en efecto, habían causado mucho tormento
a los habitantes de la tierra.
Pero, después de esos tres días y medio,
un soplo de vida que viene de Dios entró en ellos:
se pusieron de pie,
y un gran temor cayó sobre quienes los veían.
Entonces los dos testigos oyeron
una voz fuerte que venía del cielo, que les decía:
« ¡Suban aquí! »
Y subieron al cielo en la nube,
a la vista de sus enemigos.
– Palabra del Señor.
SalmoPs 143 (144), 1, 2, 9-10
¡Bendito sea el Señor, mi roca!
Él adiestra mis manos para el combate,
me entrena para la batalla.
Él es mi aliado, mi fortaleza,
mi ciudadela, el que me libera;
és el escudo que me protege,
me da poder sobre mi pueblo.
Para ti, cantaré un canto nuevo,
para ti, tocaré el arpa de diez cuerdas,
para ti que das la victoria a los reyes
y salvas de la espada mortal a David, tu siervo.
EvangelioLc 20, 27-40
En aquel tiempo,
unos saduceos
– los que afirman que no hay resurrección –
se acercaron a Jesús
y le preguntaron:
« Maestro, Moisés nos prescribió:
Si un hombre tiene un hermano
que muere dejando esposa pero sin hijos,
debe casarse con la viuda
para dar descendencia a su hermano.
Pues bien, había siete hermanos:
el primero se casó y murió sin hijos;
de igual manera el segundo y luego el tercero se casaron con la viuda,
y así los siete:
murieron sin dejar hijos.
Finalmente, la mujer también murió.
Entonces, en la resurrección,
esta mujer, ¿de cuál de ellos será esposa,
si los siete la tuvieron por esposa? »
Jesús les respondió:
« Los hijos de este mundo toman esposa y esposo.
Pero los que sean tenidos por dignos
de participar en el mundo futuro
y en la resurrección de entre los muertos
no tomarán esposa ni esposo,
porque ya no pueden morir:
son semejantes a los ángeles,
son hijos de Dios
y son hijos de la resurrección.
Que los muertos resucitan,
Moisés mismo lo indica
cuando narra el episodio de la zarza ardiente,
cuando llama al Señor
el Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob.
No es un Dios de muertos, sino de vivos.
Porque para él todos viven. »
Entonces algunos escribas tomaron la palabra para decir:
« Maestro, has hablado bien. »
Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas.
– Palabra del Señor.
Textos litúrgicos: © AELF — aelf.org